Wednesday, February 28, 2024

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En Saltillo respiramos aire contaminado. Pero si no lo verificamos…

Ojos que no ven, corazón que no siente”, reza con sabiduría la voz popular. El refrán señala -con meridiano acierto- que mientras no tengamos frente a nuestros ojos la evidencia irrefutable de algo que sospechamos, siempre podemos albergar la esperanza de que no esté ocurriendo o no sea cierto.

Y sin duda para los temas de carácter inmaterial -los relacionados con los sentimientos- la fórmula puede resultar funcional y hasta útil. Pero la historia cambia totalmente cuando se trata de fenómenos que tienen un impacto en el mundo físico, en la realidad material.

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Es el caso de la contaminación ambiental. O, para decirlo con mayor precisión, de las sustancias y partículas que respiramos todos los días pero cuya existencia precisa desconocemos, porque nadie está haciendo absolutamente nada para constatarla.

Porque como lo documentamos en esta edición, la única estación de monitoreo de la calidad del aire con la cual cuentan las autoridades responsables del tema en Saltillo, tiene una operación sumamente irregular y solamente unos pocos días al año genera datos susceptibles de ser utilizados.

Derivado de esta realidad, la mayor parte del tiempo no contamos con información oficial precisa sobre la mala calidad del aire que llevamos a nuestros pulmones los habitantes de la mancha urbana de la capital del Estado. Pero que no exista información oficial al respecto no implica que la contaminación no exista o que no sea un peligro.

Porque, como lo hemos publicado de forma constante, existen esfuerzos de diversa naturaleza, esencialmente de carácter privado, que nos permiten conocer de forma cotidiana sobre la presencia de indeseables contaminantes en el aire citadino.

Y dichos informes no hacen sino corroborar lo que las autoridades sanitarias de carácter internacional vienen advirtiendo desde hace un buen número de años: el aire a nuestro alrededor contiene elementos dañinos para nuestra salud en niveles que se ubican muy por encima de cualquier límite recomendable.

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La pregunta que resulta obligado reiterar aquí es, ¿a qué estamos esperando para reaccionar ante las luces de alarma cada vez más numerosas que se encuentren encendidas? Porque no se ve, por ninguna parte, ya no digamos un esfuerzo por contener y revertir la situación, sino al menos la intención de reconocer la existencia de un problema.

Las autoridades de salud, así como las responsables del cuidado del medio ambiente, tendrían que estar desplegando esfuerzos coordinados para ponernos a todos en situación de alerta y convocar a la realización de acciones multidisciplinarias que impidan el recrudecimiento de la situación.

Por desgracia todo hace indicar que, pese a las múltiples voces de alerta que se registran cotidianamente, estamos dispuestos a avanzar hasta el borde del colapso antes de reaccionar, pisar el freno y actuar para conjurar uno de los mayores riesgos para nuestra salud: el aire que respiramos.

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