Tuesday, June 25, 2024

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Escolta para Xóchitl y Claudia, ¿custodios o espiones?

Noche de bodas. El novio tomó por los hombros a su dulcinea y le preguntó, solemne: “Dime, Loretela: ¿eres virgen?”. Con otra pregunta respondió ella: “¿Qué ya vas a empezar a poner el nacimiento?”. (No te extrañe, Lore. Nomás pasan las fiestas de septiembre y haz de cuenta que ya llegó la Navidad)… Pitoncio era lo que en inglés se llama un ladies’ man, esto es decir un Tenorio, un Casanova, un don Juan de Mañara, un marqués de Bradomín. Solía decir: “Soy partidario del sexo seguro”. Alguien le preguntó: “¿Siempre usas condón?”. “No –precisó Pitoncio–. Siempre espero a que el marido ande de viaje”… Si yo fuera Xóchitl Gálvez o Claudia Sheinbaum –ninguna de esas dos damas puedo ser, pues ni me quedan los huipiles ni las faldas con la Virgen de Guadalupe me van bien–, si fuese yo cualquiera de ellas, digo, no aceptaría la escolta militar que por designio de AMLO les pondrán a ambas para propósitos –se supone− de seguridad. Con el relato de un sucedido verdadero fundaré tal negativa. Este hombre, señor de muchos años –en los 80 frisaría–, le propuso matrimonio a una mujer joven y humilde. Le dijo: “Yo ya soy grande, y estoy lleno de achaques. Seguramente me iré pronto de este mundo. No tengo mujer ni hijos. Cásate conmigo, para que me cuides. A mi muerte todo lo que tengo será tuyo”. La muchacha aceptó el trato y se casaron. Al poco tiempo sucedió que el señor no llegó al domicilio conyugal a la hora acostumbrada, las 7 de la tarde. Se preocupó la esposa, y más cuando dieron las 11 de la noche sin que el provecto marido hiciera acto de presencia. Salió a buscarlo, entonces, y lo primero que hizo fue ir a la cantina donde sabía que tomaba la copa con amigos. Ahí estaba el hombre, en efecto. Entró ella a fin de llevarlo a su casa, pues tanto las borracheras como las desveladas le hacían daño. El sujeto se molestó al verla, porque eso lo ponía en un predicamento ante sus compañeros de parranda. Con voz áspera le dijo a su mujer: “¿Qué haces aquí? Retírate inmediatamente”. Contestó la muchacha, tímida: “Vine a buscarlo. Usté me dijo que se casó conmigo pa’ que lo cuide”. Respondió el hombre, encalabrinado: “Pa’ que me cuides, sí, pero no pa’ que me andes cuidando”. Esa guardia militar que llevarán las candidatas ¿será para cuidarlas, para ver por su seguridad, o para que las cuiden, o sea para ver lo que hacen e informar acerca de sus movimientos? Los guardianes ¿serán custodios o serán espiones? Y esto no sólo en relación con Xóchitl, sino también con Claudia, pues un hombre como López no confía ni en su sombra, y de seguro teme desde ahora que muerto el rey viva la reina. Don Abundio el del Potrero le ofrece a quien llega a su casa: “¿Un cafecito?”. Generalmente el visitante dice: “Gracias”. Y pregunta don Abundio: “¿Gracias sí o gracias no?”. Ante el ofrecimiento de esa sospechosa guardia tanto una precandidata como la otra deberían responder: “Gracias. No”… Rosibel, la secretaria del dueño de la empresa, pensó en enviarle una tarjeta para desearle pronta recuperación, pues el señor estaba en el hospital convaleciendo de una intervención quirúrgica menor. Le preguntó a su compañera Gloricela: “¿Cómo crees que debo firmar la tarjeta: ‘Suya atentamente’ o: ‘Suya cordialmente’?”. Le sugirió Gloricela: “Deberías firmarla: ‘Suya frecuentemente’”… Doña Panoplia, que tenía repulgos de moralina, reprendió a su joven fámula: “Anoche vi cómo tu novio te besaba en lo oscurito”. “¡Oh, no, señora! –se apuró la muchacha–. ¡Me besa nada más en los labios!”. (Así se empieza. Dice un proverbio admonitorio: “Abrazos, besos y nomás, eso nunca lo verás”)… FIN.

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