Wednesday, May 22, 2024

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No intervención y autodeterminación mal entendida y peor aplicada – El Occidental

En el siglo XX, México tuvo enorme prestigio internacional gracias a los excelentes secretarios de Relaciones Exteriores que designaron en su momento los titulares del Ejecutivo Federal, que incluyeron a un Premio Nobel de La Paz, honrosa distinción que recibiera Don Alfonso García Robles.

La política de la no intervención y autodeterminación de los pueblos ha sido recurrentemente invocada por nuestro Gobierno a lo largo de los años. A lo largo del tiempo ha sido la bandera enarbolada para no inmiscuirnos en asuntos propios de la decisión interna de los pueblos, y también para rechazar cualquier intervención extranjera en los nuestros.

La diplomacia mexicana fue objeto de admiración, y como todo tiene sus claroscuros, hubo episodios en los que se tuvo que rectificar y ofrecer disculpas, como fue el caso aquel en el que el presidente Luis Echeverría calificó al pueblo y gobierno de Israel como Sionistas y de inmediato su canciller Emilio O. Rebasa le corrigió la plana y Don Luis no tuvo más remedio que retractarse y disculparse.

En América Latina han existido grandes juristas, grandes doctrinistas de la ciencia del derecho internacional público y del derecho internacional privado. La Doctrina Estrada, la Doctrina Calvo, la Doctrina Drago e incluso la Doctrina Monroe, sin ser esta última netamente latinoamericana pues surgió en Estados Unidos con el presidente James Monroe, han sido de las más reconocidas y que han tenido notoria influencia en el incierto internacional de las naciones.

En el caso de la Doctrina Estrada, hay que precisar que su ámbito de aplicación está circunscrito a las decisiones internas y soberanas de los pueblos para decidir su forma de gobierno y en general sus asuntos internos, y no obstante que hoy estamos en un mundo globalizado y super vinculado social y económicamente, esta Doctrina de Derecho Internacional sigue vigente.

En este sexenio particularmente, se ha estado invocando reiteradamente el principio de la no intervención y autodeterminación de los pueblos para evadir un compromiso inexcusable de todo gobierno que se precie de pacifista y que es la condena al uso de la fuerza para que las naciones puedan dirimir sus conflictos.

En mi artículo anterior aquí en EL OCCIDENTAL, hablaba de las reglas de la guerra, en donde resalté que aun siendo un acto contrario al principio de la buena convivencia y el amor de los seres humanos, tanto la Liga de las Naciones, antecedente de la ONU, como la propia Organización de las Naciones Unidas, reconocieron los diversos Tratados y Acuerdos Internacionales para regular los conflictos bélicos.

La guerra por ningún motivo puede justificarse, pues el derecho a la vida es un derecho inalienable del ser humano y ha sido reconocido en tiempos modernos desde la Revolución Francesa de 1789 y confirmado por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1948.

Por tanto, es incorrecto esgrimir el principio de no intervención y autodeterminación de los pueblos para evitar emitir una condena sobre el uso de la fuerza para dirimir controversias ante estados soberanos y más aún cuando una de las partes contendientes ni siquiera es un Estado, sino un grupo guerrillero que utiliza el terrorismo para los fines de su organización. Hamas es un grupo de terroristas que buscaron la guerra con Israel y causaron un conflicto en territorio Palestino que ha causado miles de muertos. Una cosa es la libre determinación de los pueblos para decidir sus cosas y otra muy diferente es la indiferencia a una guerra extraordinariamente salvaje, cruenta, sin reglas provocada por una organización terrorista.

El terrorismo no tiene justificación alguna. México una vez más ha hecho el ridículo al evadir una posición firme y atinada, y lo peor, confundir un grupo terrorista con la nación Palestina es un error brutal que nos coloca como ignorantes de la geografía sociopolítica.

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