Saturday, April 13, 2024

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un llamado a la izquierda mexicana

Por Silvia Cherem S.*

En menos de 24 horas, en esta semana, la embajada de Israel en México fue testigo de la presencia de dos grupos antitéticos que supuestamente “representan” las dos caras del “conflicto bélico entre Israel y Palestina”. Entrecomillo la palabra “representan” y “conflicto bélico entre Israel y Palestina” porque pareciera que algunos distraídos de izquierda —con sus anacrónicas consignas antiimperialistas, anticolonialistas, antirracismo, pro-pueblos nativos y proPalestina (las mismas que enarbolaban hace medio siglo para cuestionar a Estados Unidos y apoyar a la URSS durante la Guerra Fría)— hoy no sólo han perdido la brújula geográfica e histórica, también la mira moral.

Frente a los actos terroristas de Hamás, la búsqueda de una equivalencia moral entre Israel y Palestina es una forma más de propagar el odio, abrir canales al antisemitismo y consolidar el terrorismo fanático islámico. Sin darse cuenta, algunos —como el presidente AMLO y morenistas como Sheinbaum, Noroña y Citlali—, lejos de apelar al legítimo derecho del pueblo palestino a una tierra y a un futuro, con su tibieza y su búsqueda de simetrías, apuntalan la sed de sangre de Hamás, un gobierno corrupto, misógino, teocrático y represor que, lejos de gastar los millones de dólares que recibe del mundo en la construcción de una nación, ocupa el dinero para consolidar objetivos terroristas como el pogromo que cometió contra víctimas civiles de Israel el pasado sábado 7 de octubre de 2023.

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Sobra decir que no todo cabe en la cubeta de las reivindicaciones sociales. Este nuevo 9/11, deja a la humanidad perpleja, herida y en las tinieblas más funestas, no hay “peros” que valgan, rompió cualquier norma de guerra previa, porque hasta en la guerra hay (había) reglas. Tengo infinidad de videos inenarrables del sadismo de estos depredadores, de la carnicería humana que llevó a cabo Hamás —acrónimo en árabe de “Movimiento Islámico de Resistencia”—, quien, apoyado con dinero, armas y formación militar de Irán, lleva décadas empeñado en imponer la Yihad islámica, la “guerra santa” que considera a cualquier civil un “objetivo militar”, incluidos bebés y ancianos. Su interés no es la paz, sino aniquilar los valores de Occidente encarnados en los judíos e Israel, la única democracia en Medio Oriente.

Vamos por partes, porque no hay nada más peligroso que la ignorancia, porque resultan inmorales las justificaciones y asegunes ante lo ocurrido. Porque no cabe en esta ocasión el socorrido discurso del opresor y del oprimido, y porque, tristemente, una izquierda obnubilada, alimentada por los recursos del mundo árabe, iraní y soviético, sigue perdida en su narrativa defendiendo atavismos arcaicos.

En un mundo de excesiva información, priva la desinformación.

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Explico y juzgue usted, querido lector.

La tarde del miércoles 11 de octubre, un grupo de varios cientos de mexicanos judíos y evangelistas, llegamos a la embajada con el alma en vilo portando banderas de Israel y de México, carteles de solidaridad, flores y veladoras. Estábamos desgarrados y en pasmo, apenas cuatro días antes algo había muerto: la humanidad como la conocíamos, la inocencia, las certezas y la confianza en el mañana.

Los que ahí nos congregamos teníamos la urgente necesidad de abrazarnos, llorar juntos y mostrar fortaleza. La crueldad y brutalidad comenzaba a develarse de manera atroz, circulaban imágenes espeluznantes imposibles de olvidar: niños torturados, familias enteras quemadas vivas, hachazos desmembrando a cuerpos vivos, sangre y destrucción por doquier, cabezas sin cuerpos, extremidades sin tronco, seres calcinados, mujeres violadas masivamente cuyos cuerpos semidesnudos se exhibían como trofeos. Como si se tratara de una macabra película de cine gore, era excesiva la sangre y las cenizas, el dolor frenético de la muerte sin sentido.

Rezamos un kadish por los entonces más de mil muertos en Israel: hijos, nietos, padres y abuelos ultrajados por violadores e infanticidas, yihadistas de alma negra. Condenamos esos crímenes de lesa humanidad. Nos solidarizamos con el pueblo de Israel, con las familias enlutadas, y uníamos nuestras voces para implorar que los más de 150 secuestrados regresaran pronto a casa, sobre todo los bebés y los pequeñitos que se robaron y cuyas voces aterrorizadas —“ima, ima” (mamá, mamá)— quedaron en los videos grabados por terroristas cuando aún se encontraban frente a los cuerpos inertes de sus padres.

Nos sabíamos (nos sabemos) vulnerables. Nos unía (nos une) el pasmo ante la brutalidad de la carnicería humana cometida por el grupo terrorista Hamás, la degradación y el salvajismo, una nueva y aún más cruda versión de la barbarie antisemita que nos recuerda tiempos vergonzosos de la humanidad: la Inquisición con sus crueles torturas y sus piras humanas de judaizantes como espectáculos públicos; los pogromos en Rusia y Europa Oriental a finales del siglo XIX y principios del XX y, sobre todo, las atrocidades del Holocausto.

Esa tarde catártica frente a la embajada de Israel, los presentes cantamos el himno de México y el Hatikva, hubo testimonios de familiares de víctimas, y hombro con hombro, rodeando la ofrenda de flores, veladoras y mensajes de esperanza, entonamos las canciones de paz que nos unen y conmueven a los miembros del pueblo judío. Una y otra vez: “Osé shalom bimromav, hu yaasé shalom aleinu, veal kol Israel, ve-imrú amén. Ooose shalom, oose shalom…” (Él, que establece la armonía en las alturas, nos conceda la paz a nosotros y a todo Israel, amén).

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El cielo parecía escuchar nuestro clamor de paz, lloró con una llovizna leve y luego estalló en rojos encendidos como si se abriera el firmamento. Al término de la solemne ceremonia nadie quería irse, durante más de una hora siguió el llanto y los cantos alrededor de ese altar, hasta que cayó la noche invocando un mejor mañana: de paz, moralidad, armonía y decencia. De fortaleza porque todos ahí entendíamos (entendemos) que esa guerra que Israel no inició, será por su supervivencia. Por la permanencia del pueblo judío. Por la vida a la que solemos brindar con cada “lejaim”.

Un día después, la tarde del jueves, estaba convocada una manifestación “en defensa” del pueblo palestino, ahí mismo frente a la embajada de Israel. Llegaron entre cincuenta y setenta personas. Traían consigo banderas de Palestina y botes de pintura roja, verde, blanca y negra, colores de la bandera palestina. Venían listos para vandalizar pisos, paredes y jardineras de la embajada con pintas: “Muerte al sionismo”, “Palestina libre”, “Sionismo genocida”, “Israel asesino”. También para destruir la artística banca blanca que el artista plástico Noe Katz realizó el año pasado para conmemorar los setenta años de relaciones diplomáticas México-Israel.

Como si se tratara de una tómbola variopinta —como si a estos participantes los hubieran mandado a defender “la causa palestina” sin tener idea de lo que respaldaban—, comenzaron los discursos. Tomó el micrófono un participante:

  • Ha habido muertos en la frontera, niños asesinados, me acuerdo de uno, Ismael Hernández de quince años, lo mataron en Ciudad Juárez por aventarle piedras a la Border Patrol. —¿Y eso qué tiene que ver, pensé?, pero luego, embutida con calzador, metió la causa palestina a su discurso—: Al escuchar esta noticia del niño de la frontera, me acordé de los niños palestinos que son masacrados por los sionistas. Tenemos que hacer un trabajo profundo de difusión. (¡Óoooorale!, como diría Brozo).

Siguió una treintañera con kefia o pañuelo palestino al cuello, gritaba mezclando ideas sin ton ni son. Desconocía que Gaza es independiente desde 2005 y que sus líderes, en lugar de construir un Estado, con la ayuda de Irán y Qatar destinaron todos los recursos al terrorismo, a adoctrinar a sus niños y jóvenes en su versión de un mundo maniqueo incitándolos a luchar contra Israel y Occidente, contra el mal absoluto, inclusive premiándolos con cien vírgenes en el cielo si se convertían en víctimas suicidas.

No tenía ella idea de los actos de terrorismo de Hamás, mucho menos que ese grupo, inspirado en la Hermandad Islámica, somete al propio pueblo palestino y lo condena a la pobreza, la ignorancia y el fanatismo. Por ser mujer, por no traer el burka cubriéndole cuerpo y cara, jamás hubiera podido ella pronunciarse en el mundo del extremismo fanático islámico, pero en México, frente a la embajada de Israel, portando jeans y sin consciencia del horror que padecen las mujeres que se niegan a cubrirse, gritaba a bocajarro sus consignas inconexas:

  • Estamos aquí para romper con el sionismo y su política criminal, con su apartheid en Gaza (insisto: Israel se retiró unilateralmente de Gaza desde 2005 dejando toda la infraestructura para construir su propio estado, pero ella ni lo sabe ni le importa). Ante la nueva ofensiva de la ultraderecha conservadora (¿escuché bien?, pareciera una versión de la mañanera), es necesaria una lucha masiva de todo el pueblo palestino contra la clase trabajadora árabe y judía en Israel y en todo el Medio Oriente, para enfrentar y desmontar al Estado sionista y al imperialismo con el método de la lucha de clases, con la huelga general, con la insurrección obrera y popular. ¡Trabajadores, escuchen, esta es tu lucha…! ¡Trabajadores, escuchen, esta es tu lucha…! (Sigo perpleja, quizá no hablaría de la lucha de los trabajadores si supiera que los kibutzim, esas comunidades agrarias que fueron ultrajadas en el sur de Israel son el experimento socialista y democrático más logrado en el mundo).

Continuaron con una danza azteca. Tres mujeres con túnicas blancas, sonajas en las manos y cascabeles en los tobillos, bailotearon unos minutos con exaltación frente a las banderas palestinas. Tomó el micrófono la representante del grupo musical:

  • Desde los pueblos de Abya Yala (el nombre que en la actualidad utilizan los movimientos sociales originarios o indígenas para referirse a América), hasta Palestina, les decimos que tienen con nosotras, nuestras compañeras del colectivo de danza prehispánica, solidaridad con nuestros hermanos y hermanas del heroico pueblo de Palestina. Tiene también Palestina la ofrenda a la Mama Pacha desde los pueblos de la Abya Yala, en este día de lucha…

Cada colectivo improvisaba alguna rancia consigna contra Estados Unidos o el sionismo, y apelaba a la resistencia colectiva como propuesta de lucha, enarbolando una y mil mentiras.

  • Hoy los pueblos del mundo tenemos que seguir resistiendo. No es posible que estos asesinos sionistas sigan asesinando mujeres, niñas, ancianas… Desde hace más de 75 años estas tierras palestinas están ocupadas, por eso decimos: alto al genocidio… Y les decimos a Estados Unidos y a la Unión Europea que dejen de ser cómplices de estos brutales genocidios que están cometiendo. Estamos contra la resistencia histórica y heroica de nuestros hermanos de Palestina. Hoy, en el marco del 12 de octubre, desde la Abya Yala nos unimos diferentes voces, diferentes organizaciones, para exigir justicia para Palestina.

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Hacia el final los gritos eran a bocajarro, enardecidos: “Muera el colonialismo”, “Muera el imperialismo”, “Muera el sionismo”, “Muera el racismo”, “Muera el genocidio de Israel contra Palestina”, “No a la guerra de exterminio”. Una y otra vez:

  • Desde Abya Yala a Palestina, todos los muros van a caer… Desde Abya Yala a Palestina, todos los muros van a caer… Desde Abya Yala a Palestina, todos los muros van a caer…

Los carteles por la paz que habíamos dejado un día antes quedaron cubiertos de suásticas y de consignas “por un estado obrero palestino”, “por una federación socialista del Medio Oriente”. En las rejas y paredes de la embajada pegaron también numerosas copias del mapa al que me referí en “Explicar lo inexplicable; justificar lo injustificable”, artículo que publiqué aquí mismo en Latinus hace unos días donde expliqué las mentiras de “la invasión” progresiva de los israelíes a “tierras palestinas”.

El evento terminó con una batucada, tamborazos de rituales africanos. Hicieron una pira con los mensajes y cartas de paz que habíamos dejado, rompieron las flores para aventárselas a los policías que custodiaban el inmueble diplomático e intentaron quemar una bandera de Israel. Anunciaron que convocarían a una nueva manifestación frente a la embajada de Estados Unidos.

¿Es en serio?, pensé. ¿Obreros, lucha de clases, imperialismo, colonialismo, trabajadores del mundo, huelgas…? ¿Es así como hablan de la reivindicación palestina? Ni un atisbo de la barbarie terrorista a manos de Hamás, ni una actitud compasiva al pueblo palestino que sufre a manos de un gobierno fanático y corrupto.

Parecía un flashback a mi adolescencia, cuando en la UNAM o en la Metropolitana se convocaba en la década de 1970 y 1980  a unirse a las marchas de algún sindicato mexicano, y los carteles acumulaban todo “el código cultural de izquierda”, lo políticamente correcto entonces: la lucha de clases, el apoyo a los grupos guerrilleros de América Latina, las reivindicaciones étnicas, los argumentos contra el colonialismo, el racismo, el imperialismo, el sionismo y, por supuesto, en ese bouquet ideológico no podía faltar el apoyo a la Organización de Liberación Palestina de Arafat, creada en 1964, la nueva víctima apoyada por la URSS y los países árabes.

La Guerra de los Seis Días había sido el parteaguas (veinte años antes, a pesar del mundo bipolar, Rusia y Estados Unidos se habían unido para alentar la creación del Estado de Israel, ambos países votaron en la ONU por el Plan de Partición). Sin embargo, en ese junio de 1967, humilladas las naciones árabes por el fracaso militar frente a Israel, optaron por los tres nos: no a la paz con Israel, no al reconocimiento de Israel, no a negociaciones con Israel. El bloque árabe, aliado con la URSS contra Israel y contra los Estados Unidos, no aceptaría ninguna concesión de tierras por paz, obligando a Israel a ser “colonizador” de Cisjordania y Gaza, recién ocupados como consecuencia de una guerra más que no provocó.

La OLP, con el liderazgo de Yasir Arafat, cobraba mayor notoriedad por los numerosos actos terroristas que cometía y fue colocando en la agenda mundial su lucha de reivindicación nacional. Paulatinamente la causa palestina se fue convirtiendo en parte de la narrativa de la izquierda de los países no alineados en África y América Latina, en la víctima consentida de la dicotomía entre opresor y oprimido.

Aceitada por la URSS y por el bloque de los países árabes, esa narrativa fue permeando consciencias durante décadas hasta llegar al día de hoy, tiempos en los que la izquierda acrítica y aún enganchada con Rusia y Cuba, sigue asumiendo las mismas consignas de medio siglo atrás, sin importar que hubiese caído el Muro de Berlín, sin percatarse que la URSS dejó de existir. El poderoso relato logró fincarse en tierra fértil permitiendo que los prejuicios afloraran en ese discurso de causas hacinadas, ahí donde también se disfraza al corrosivo antisemitismo de antisionismo (Yo no estoy contra ti, yo quiero mucho a los judíos y tengo uno que otro amigo judío cercanísimo, pero sí estoy en contra de Israel).

De ahí que hoy muchos líderes de la izquierda latinoamericana, incluidos nuestros morenistas, continúen asumiendo consignas pro-palestinas por principio, sin la menor empatía ni interés de exhibir la brutalidad cometida por Hamás. En sus manifestaciones suman consignas de chile, mole y guacamole, y “el heroico pueblo palestino” sigue siendo su manoseado símbolo por antonomasia para defender causas originarias, para insistir en la resistencia frente al opresor, para llenarse la boca criticando a Estados Unidos, al imperialismo, al sionismo y a todo lo que se acumule…

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Menudo favor le hace al pueblo palestino estos grupos de izquierda, a los civiles que debemos de deslindar, reconocer en su desgracia y que también son víctima de Hamás, de su fanatismo ciego y asesino, de su inmoralidad. Queda sólo preguntarse dónde quedó la compasión y la inteligencia de quienes se dicen humanistas porque, atrapados en la retórica de la lucha de clases, en sus insulsas justificaciones, hoy parecen estar reprobados en la prueba que les puso Hamás. Esa en la que resulta imposible defender o justificar a terroristas que violan mujeres y queman niños. ¡Hasta el propio Mahmud Abás, líder de Al Fatah que gobierna a los palestinos en Cisjordania, y más de 1500 imams del mundo musulmán ya se deslindaron de Hamás y condenaron su salvajismo cometido “en el nombre de Dios” !, pero gran parte de la izquierda latinoamericana, perdida en sus argumentos, aún no se atreve a hacerlo.

Bien harían nuestros políticos e intelectuales en deshilvanar la urdimbre contaminada de sus prejuicios y condenar al terrorismo sin cortapisas, porque ninguno de ellos podría tolerar que sus mujeres e hijos padecieran lo sufrido por los israelíes. No hay dios que lo sostenga, ni el del islam, ni el judío, ni el cristiano, ni mucho menos el no-dios comunista.

Habría que ser más cautos e informados porque hoy, frente a esta barbarie, en este nuevo parteaguas del mundo, estamos hablando de crímenes de lesa humanidad que podrían ser normalizados. Son tiempos vergonzosos de la Humanidad.

*Silvia Cherem S.: Escritora, fue presidenta del International Women’s Forum y fue galardonada como La Mujer del Año en 2023. Su libro “Ese Instante” (Aguilar, 2021) fue premiado como “El más inspirador del año” por el International Latino Book Awards.

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